Al terminar la jornada laboral, es habitual dejar el ordenador abierto sobre la mesa, como si en cualquier momento fuera a retomarse alguna tarea pendiente. Cerrarlo y guardarlo en un cajón o en otra habitación, en lugar de dejarlo simplemente a la vista, marca un final más claro para la jornada de trabajo. Este gesto apenas lleva unos segundos, pero cambia la forma en que se vive el resto de la tarde.
Muchas personas notan que, mientras el ordenador sigue visible, la cabeza sigue medio conectada al trabajo, aunque no se esté haciendo nada con él. Guardarlo fuera de la vista ayuda a que la atención se traslade de verdad a otras cosas, sin la tentación constante de echar un último vistazo.
Un gesto que cierra la jornada
Quienes trabajan desde casa suelen notar más esta diferencia, ya que no existe el trayecto de vuelta que normalmente separa el trabajo del resto del día. Guardar el ordenador cumple entonces una función parecida, la de marcar físicamente que la parte laboral del día ha terminado. Otros prefieren simplemente taparlo o darle la vuelta a la pantalla, con el mismo objetivo.
Con el tiempo, este pequeño gesto se convierte en algo casi automático, y dejar el ordenador a la vista empieza a sentirse como una tarea inacabada. Algunas personas aprovechan además para ordenar brevemente el resto de la mesa, de modo que el espacio quede listo para el día siguiente.
En una casa compartida, este gesto puede convertirse también en una señal para el resto de la familia, que sabe que a partir de ese momento la persona ya no está trabajando. Esto facilita que las conversaciones y planes de la tarde comiencen sin interrupciones relacionadas con el trabajo.
En verano este gesto puede ir acompañado de salir directamente a la terraza o al balcón, mientras que en otoño suele preceder simplemente el encendido de una lámpara distinta a la del escritorio.